Discursos del lanzamiento

Discurso de l Sr. Alfredo Castro,
director teatral y actor.

Ingresé a estudiar teatro en el Departamento de Teatro de la Facultad de Artes de la Universidad de Chile en marzo del año 1974. Pocos meses después del golpe de estado. Mi primer trabajo como actor lo realicé el año 1977 en la obra teatral “Equus” del dramaturgo inglés Peter Schaffer, bajo la dirección de Eugenio Guzmán. Esta obra se pudo realizar en Chile gracias a la Compañía de teatro Le Signe formada por Sergio Aguirre, Sonia Mena, John Knuckey, quienes con tremendo esfuerzo y riesgo compraron los derechos de esta obra. Mi recuerdo es de un panorama teatral desolador en aquellos años. Con varias generaciones de autores, directores y actores exiliados, con teatros universitarios intervenidos o subsistiendo con grandes dificultades, de alguna forma nos correspondía, como nueva generación, ayudar a reconstituir todo lo perdido. Mi mirada sobre el período de nuestra historia teatral que nos convoca hoy día, corresponde a la de un joven actor, que veía como actores, directores, escenógrafos y técnicos, que de alguna manera había realizado sus carreras protegidos en las compañías estables de los teatros universitarios, con todos los beneficios artísticos, contractuales y sociales, se encontraron de un día para otro en la necesidad de reinventarse, de crear proyectos que les permitieran subsistir.

Creo que esta obra “Equus” marca un momento importante en nuestro panorama teatral. Mezcla de teatro de vanguardia y teatro comercial (era un éxito de taquilla y crítica en todo el mundo) logró concitar el interés de la prensa por el tema que trataba (basado en un hecho real, Shaffer narra la historia de un adolescente que deja ciego a seis caballos con un punzón y plantea el debate ético entre psiquiatría y ley, de devolverlo a la “normalidad” o dejarlo ser un hombre libre) y también por el hecho de contar con una larga y tensa escena de desnudos. La obra fue presentada en función de preestreno a alguna institución pro dictadura y me parece que alguna de las damas presentes en esa función denunció el carácter inmoral de la obra, lo que nos valió tener que realizar una función, al día siguiente o dos días después, a un alto mando de carabineros de Santiago, (con micro de carabineros incluida para llevarnos detenidos después de la representación) para que decidiera si la obra efectivamente atentaba contra la moral y las buenas costumbres. Después de la representación este señor bajó a los camarines, ante el terror de Eugenio Guzmán y los dueños de compañía que veían arruinados sus sueños, y alabó la puesta en escena, lo que permitió que pudiéramos estrenar. 1977 es un año fatídico para nuestro país, que marca uno de los momentos más crueles y sangrientos de la represión de la dictadura. Esta obra logró poner al teatro en las primeras páginas de todas las publicaciones periodísticas de la época. Se presentó con tremendo éxito de crítica y público durante varios meses y durante el, verano de 1978 en el teatro Municipal de viña del mar donde el obispo de esa ciudad nos obligó a realizar la ya mentada escena de desnudos con ropa interior bajo la amenaza de suspender la temporada.

Así era la realidad.

La compañía Le Signe continuó con otras producciones y duró algunos años sucumbiendo a las dificultades económicas.

Para mí vino la Universidad Católica, el Teatro Itinerante. La dictadura se vio enfrentada a fuertes acusaciones por el llamado “apagón cultural” y decidió entregar fondos para la cultura a través de la Pontificia Universidad Católica. Se creó la Compañía de Teatro Itinerante y Don Eugenio Dittborn con tremenda generosidad y sabiduría nombró como director de esta compañía a nuestro maestro Fernando González que conformó un grupo muy heterogéneo de actores, actrices y técnicos, para recorrer el país entero, realizando talleres de formación, presentando, en un momento cuatro obras

(“Romeo y Julieta”, “Chañarcillo”, “Peer Gynt” y “ La Princesa Panchita ”), formando público, monitores, asesorando a grupos teatrales en las regiones más apartadas de nuestro país. Nuevamente sufrimos la censura de la dictadura en cada una de las obras, hasta el punto de hacer peligrar nuestra primera gira con Romeo y Julieta.

Así era en nuestro país.

Ahí presenciamos y vivimos muy de cerca la inminente guerra con Argentina. Vimos los barcos fondeados en Chiloé, los techos de Escuelas y Hospitales pintados con la cruz roja en Punta Arenas, las sirenas en las noches, los apagones, que sumados a los horrores que vivía internamente nuestro país hacían de nuestro trabajo algo necesario y fundamental. La gente nos necesitaba, nos esperaban con ansias cada año por que nuestra presencia les permitía encontrarse, reconocerse. Fernando González fue destituido de su cargo como Director de esta compañía y varios nos fuimos retirando para emprender otros rumbos.

Andrés Pérez y su casa en calle Bustamante, Celedón, La Troppa, Juan Edmundo González, el Teatro Ictus, Teatro Imagen, Teatro del Angel, Juan Radrigán, tantas compañías surgen, también nuevos dramaturgos, efectivamente se rearma un tejido cultural teatral importante. Surge el nombre de Ramón Griffero y su Teatro Fin de Siglo, el mítico Trolley que no tiene nada de mítico y sí mucho de real. Le pedí a Ramón que me permitiera integrarme a su trabajo como actor. Este espacio y las obras de Griffero se constituyen en la representación de la rebeldía individual, rebeldía del oprimido por su condición social, política, sexual, étnica, por lo tanto siempre política. La rebeldía de todo un país que se sentía ofendido por un sistema político y económico impuesto por la fuerza, extremadamente cruel.

A pesar que todas estas compañías y autores provienen de distintas y distantes realidades, y que utilizan diversas estrategias narrativas y estéticas, se encuentran y se cruzan, cada uno en su personal registro, en la protesta contra la represión, en la demanda de justicia y el retorno a la democracia, en la apertura de espacios de encuentro de todas las diversidades que ya clamaban un espacio en nuestra sociedad.

Todo este recorrido lo realizo desde la mirada de un actor que se nutrió de cada una de estas experiencias. Fue en estas circunstancias históricas que me correspondió vivir mi formación como actor y hombre de teatro, desde ella hablo.

Mis respetos y admiración a todos quienes en una lucha sin tregua, enfrentados a los momentos más siniestros de nuestra historia, supieron y lucharon por mantener viva su vocación, por subsistir.

Mis agradecimientos a la Pontificia Universidad Católica, a su Escuela de Teatro, a María de la Luz Hurtado y su equipo de investigadores por este valioso legado histórico.

Alfredo Castro
Mayo 2006

 
 
Programa de Investigación y Archivos de la Escena Teatral
Escuela de Teatro de la Facultad de Artes - Pontificia Universidad Católica de Chile
Campus Oriente Universidad Católica de Chile - Av. Jaime Guzmán E. 3300-Providencia-Santiago-Chile
Fono: (56-2) 686 5083 - Fax: (56-2) 686 5249 - Email: archivoteat@uc.cl